viernes, 5 de mayo de 2023

El Papa San Pío V condenó el horrendo crimen de la sodomía, entregó a los clérigos culpables a las autoridades seculares

 

Fuente: LifeSiteNews

Era el año 1568, pero la situación en la Iglesia Católica era penosamente similar a la nuestra. Después de muchas décadas de corrupción y decadencia moral, la Iglesia se enfrentó al escándalo de un clero que tenía la reputación de estar involucrado en el espantoso-crimen de la sodomía. Cuando el santo papa Pío V fue elegido en 1566, decidió actuar.

Inmediatamente el Papa trató de abordar la crisis luego de su acceso al trono papal. En 1566, el año de su elección, emitió una bula de reforma, Cum primum, que buscaba suprimir el vicio clerical, incluida la sodomía. En el párrafo 11, la bula declaró: «Si alguien comete el infame crimen contra la naturaleza, por el cual la ira de Dios vino sobre los hijos de la incredulidad, deben ser entregados a la corte secular, y si son clérigos, deben ser despojados de toda orden clerical y sometidos a una pena similar”. Sin embargo, esta disposición parece no haber tenido el efecto deseado por el pontífice.

Dos años después, el papa Pío V emitió un nuevo decreto dirigido únicamente contra la práctica de la sodomía entre el clero. Fue titulado Horrendum illud scelus – «Ese crimen horrendo», por el cual las ciudades de Sodoma y Gomorrra fueron destruidas por Dios.

«Ese horrendo crimen [de sodomía], por el cual las ciudades corruptas y obscenas fueron destruidas por el fuego por condenación divina, nos aflige amargamente y conmueve gravemente nuestra alma, impulsándonos a reprimir ese crimen con el mayor celo posible», escribió Pío V.


Leemos en la Escritura en el Libro de Judas 1:7 que Dios castigó  destruyendo con fuego a estas cinco ciudades, dejándolas como advertencia para las generaciones futuras del Castigo eterno, que también recibirán todos aquellos que se obstinan en practicar el pecado de la homosexualidad o cualquier perversión sexual.

Y Sodoma y Gomorrra, junto con las ciudades limítrofes entregadas como ellas a la lujuria y a la homosexualidad, sufrieron el castigo de un fuego perpetuo, sirviendo así de escarmiento a los demás.

El Papa Pío V notó que el Tercer Concilio de Letrán (1179) había decretado que los clérigos culpables de sodomía, el crimen por el cual «la ira de Dios caía sobre los hijos de incredulidad», debían ser confinados en monasterios o ser retirados del orden clerical por completo.  Sin embargo, el Papa expresó su preocupación de que tal pena fuera demasiado leve, especialmente para aquellos que «no temen la muerte del alma».

«Para que el contagio de tal desgracia, por la esperanza de la impunidad,– que es el mayor incentivo para el pecado–, fortalecidos en audacia, hemos decidido que los clérigos que son culpables de este nefasto delito deben ser castigados más gravemente, para que «El vengador de las leyes civiles, la espada secular, puedan disuadir a quienes no temen la muerte del alma», escribió Pío.


Por lo tanto, decretó que «privamos de todo privilegio clerical y de todo cargo eclesiástico, dignidad y beneficio por la autoridad del presente canon, a todos y cada uno de los sacerdotes y otros clérigos regulares y seculares de cualquier grado y dignidad que practican un pecado tan grave», y agregó que luego deberían ser «entregados al poder secular, que puede exigirles el mismo castigo que reciben los laicos que han caído en esta ruina, que se encuentra constituida, en las ordenanzas-legítimas»

En ese momento, las «ordenanzas-legítimas» de muchas jurisdicciones en Europa decretaron la muerte, la castración o el decomiso de una propiedad por el delito de sodomía.


Leemos en Romanos 1:32 que Dios castiga con la muerte eterna tanto a los que cometen el pecado de la homosexualidad, como a los que lo aprueban e incitan a otros a cometer este grave pecado mortal.

 Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.

El decreto de Pío V fue el último de una larga serie de cánones y decretos emitidos por la Iglesia Católica, para penalizar la inmoralidad sexual, tanto entre el clero como entre los laicos. 

Desde la Edad Media, la Iglesia Católica había provisto varias penas para aquellos clérigos y religiosos que cometieron actos homosexuales y otros delitos de perversión sexual. La temprana ley canónica requería que los culpables de tales actos hicieran largas penitencias, mientras se les prohibía recibir el sacramento de la Sagrada-Comunión. Algunos cánones especificaron que la penitencia se realizaría en un monasterio, mientras que otros mencionaron la degradación del estado clerical.

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En 1049, en respuesta a una carta de San Pedro Damián alertando de una epidemia de sodomía entre sacerdotes y monjes, el Papa San León IX respondió con una carta condenando el comportamiento y determinando que los peores perpetradores, deben ser removidos del estado clerical, mientras que los otros deben hacer penitencias de acuerdo con los cánones tradicionales.

En el siglo XIII un concilio ecuménico abordó el tema. El Tercer Concilio de Letrán (1179) decretó: “Que todos los que sean hallados culpables de ese vicio antinatural por el cual la ira de Dios descendió sobre los hijos de la desobediencia y destruyó las cinco ciudades con fuego, si son clérigos, sean expulsados del clero o recluidos en monasterios para hacer penitencia; si son laicos, deben incurrir en la excomunión y ser completamente separados de la sociedad de los fieles”.

El Papa San Pío decretó  a perpetuidad  su constitución apostólica contra los clérigos, tanto regulares como seculares, reos del crimen nefando de la sodomía, dejando claro que nunca puede ser revocado.

A nadie, pues, sea lícito infringir o contrariar temerariamente esta página contentiva de nuestra remoción, abolición, permiso, revocación, orden, precepto, estatuto, indulto, mandato, decreto, relajación, exhortación, prohibición, obligación y voluntad. Si alguno presumiere intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.


San Pío V te pedimos por la conversión de los jóvenes que han caído en el abominable vicio de la homosexualidad, para que se arrepientan, cambien de vida y se salven.
San Pío V te rogamos que protejas nuestros hogares y nos mantengas libres de todo pecado mortal.

«Haz, Señor, que mis caminos sean orientados para custodiar y cumplir tus decretos»
San Pío V ruega por nosotros. 




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